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Categoría: Personal

Empecé mi «vlog» en YouTube

Finalmente, después de pensarlo un tiempo, decidí empezar a hacer videos en YouTube. Algunos siguen ya los videos que hago en Snapchat para MuyLiebre o en mi cuenta personalEn YouTube la idea (creo) va a ser otra, más parecida a este blog.

Este es el primer video. Ya hay un par de viajes planeados para las próximas semanas/meses, en los que espero poder aprovechar para grabar cosas copadas (y para escribir acá también, lo prometo).

El que quiera puede suscribirse al canal. Al que no, lo sigo queriendo, no hay problema.

Gracias por leer (y ahora espero que mirar) siempre. 🙂

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Me quedaron los libros, las risas y el mate

Empiezo a escribir esto sentado sobre una montaña de cajones, ropa, recuerdos, papeles, facturas y zapatillas, en mi habitación. Una noche de Viernes cualquiera entraron a robar a casa (por suerte mientras no había nadie adentro) y se llevaron un montón de cosas de un valor económico y sentimental gigantes. Mis herramientas de trabajo (para las que ahorré por años), mis cosas, tiempo invertido, recuerdos de toda la vida.

En el medio invadieron mi casa, se metieron entre mis cosas y me dejaron esa sensación de estar viviendo en un camping, a donde cualquiera entra y sale sin problemas, se lleva lo que quiere, todo es de todos, y no existe el espacio personal.

Es una sensación horrible llegar y encontrar la casa desvalijada, los cajones, sillones, muebles y armarios dados vuelta, todo completamente despelotado, y tener que entrar a tu propia casa (el «hogar dulce hogar») con policías armados por miedo a que todavía haya alguien adentro. Es una sensación horrible de injusticia ver que en un segundo alguien se lleve cosas que uno construyó durante años de su vida. Por más que algunas sean sólo «cosas materiales». Es injusto, doloroso, feo, y te deja sintiéndote horrible, desconfiado, inseguro, perseguido.

De madrugada, después de que cada uno haya hecho un «análisis de pérdidas» («uy, el reloj que me había regalado el abuelo a mis 5 años», «uy esa plata que cobré y que justo no llegué a depositar ayer a la tarde», «uy cómo hago ahora para volver a laburar sin las computadoras», etc…), hubo un tiempo de calmarse, de pensarlo en frío, y de entender que se puede volver a empezar. Que no nos mataron, ni mucho menos. Y que nos robaron cosas, pero no las cosas que en serio son fundamentales.

Duele retroceder 50 casilleros en ahorros para terminar de pagar el auto, las tarjetas, deudas, o lo que sea. Duele perder herramientas que venían generando esos ingresos también. Duele y te pega a un nivel desmoralizante.

Pero me resultó curioso que en ninguna habitación de la casa tocaron ni un libro. Ni siquiera para ver si, como en las películas, hay gente que guarda plata adentro o atrás suyo. Y es que claro, se llevaron lo que más «rendía», pero nos dejaron las cosas simples, esas que no se revenden de a miles de pesos.

A la tarde avisé de la situación a unos pocos amigos y vinieron a casa a charlar un rato y tomar unos mates. Al principio fue con caras largas, con abrazos de «qué cagada, viejo, pero qué bueno que están todos bien». Y al rato volvieron los chistes («no encuentro la llave, pero de última pasá por la reja de la ventana que la dejaron abierta»), las anécdotas («cuando robaron en lo de mi abuelo entré yo con un palo de hockey y mi primo con un matafuego»), volvieron las risas, y en medio del quilombo, del miedo, del desierto de esa sensación fea de sentirse violentado, volvió a brotar también la alegría.

Volvió saber que las cosas son cosas, y listo. Que la plata, aunque costó mucho ganarla (y va a costar de nuevo), aunque es necesaria para pagar alquileres, deudas, cuotas, comida, etc, y sobre todo aunque cuando falta es muy jodido verla así, es plata y listo. Que el plan a futuro tiene que ser desapegarse de las cosas, vivir lo más «livianos» posible, y que todo sea fácilmente reemplazable. No es un pedazo de tu vida, es un pedazo de plástico, de plata, de oro, de madera, de papel, de lo que sea, que usaste con un fin. Es una cosa.

No quedaron, después de esto, ni resentimiento ni pensamientos de que «hay que matarlos a todos». No quedaron ideas Donaldtrumpistas. No quedó odio. Quedó algo de tristeza, sí, que de a poco habrá que tragar para seguir adelante. Pero quedaron también aprendizajes. Quedó saber quiénes están siempre al pie del cañón. Quedó saber quién es chusma y quiere saber «cómo fue» y quién se interesó por la familia, por cómo estamos, cómo la vivimos.

Volvimos a pensar que las cosas y la plata están para aprovecharlas y listo. Que lo de no vivir guardando ese vino para «una ocasión especial» es tal cual como lo dicen. Que es real que las experiencias valen más que las cosas materiales. Que, creeme, necesitás mucho menos de lo que pensás. Que (una vez satisfechas las necesidades básicas, claro) cuanto menos decidís tener y menos apegado a eso solés estar, menos tenés para perder y más libre terminás viviendo.

Y gracias (para nosotros) a Dios (o a la vida, la casualidad, el universo, o lo que sea para vos que estás leyendo), estamos todos bien, no nos tocaron un pelo, no tuvimos que vivir una experiencia más horrible todavía, y hoy podemos estar como más nos gusta, riéndonos de nuevo de las cagadas que hayan pasado en el camino.

En un mes perdí la pantalla del iPhone, el iPhone, la batería del auto, el tímpano izquierdo, la paz mental por un dolor de muela terrible, el nervio de la muela en cuestión, un pedazo de paragolpe de atrás del auto (que me chocaron para segundos después escapar sin dejarme los datos, la tarde misma del robo), toda mi tecnología (la de trabajo y la de hueveo), y algunas cosas de valor económico/sentimental que va a costar bastante no tener más.

Pero acá, sentado sobre el pilón de cosas «sin valor de reventa» que me dejaron tiradas en mi habitación, me quedé pensando que por suerte no se llevaron las cosas fundamentales. Las que se llevaron en algún momento se reemplazarán, pero las que quedaron al final son las cosas que, como decía cierta tarjeta, no tienen precio. Porque se llevaron las que cuestan pero me quedaron las que rinden. Los amigos, los libros, el mate, las anécdotas, la familia, la alegría y la esperanza de saber que, incluso en medio del quilombo, siempre se puede volver a empezar.

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Brasil 2014: Un sueño cumplido

Argentina Final en el Maracaná

Con Brasil 2014 se nos acaba de ir el mejor Mundial de la historia. Ese que le voy a contar y re-contar a mis hijos por años. Y por eso mismo lo quería vivir en primera persona como sea. El Mundial estaba acá nomás, y Messi estaba en la cancha, con nuestra camiseta. No me iba a perdonar nunca en la vida no haber ido. Así que aproveché esos segundos de inconsciencia que se necesitan para decidir una locura y terminé yendo.

No cuento esto porque crea que le importa a alguien, ni porque tenga que ver con la temática del blog. Todavía no sé ni qué voy a decir, pero necesito decir algo. Necesito largarlo.

Yo soy de esos que, incluso después de haber hecho un duelo por no viajar a verlo, desde el primer reconocimiento de campo que Messi hizo en el Maracaná (el día anterior al primer partido de Argentina), ya nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado fuerte al no ir a Brasil. Y que no era una huevada. Era un error grande, una atrocidad. Una de esas marcas que nos iban a quedar para siempre. Pocas en toda la vida, pero profundas. Eso que ibas a pensar cuando alguien te pregunte «¿Te arrepentís de algo en toda tu vida?».

Sabía que, si a mi hijo lo crié bien, él me iba a preguntar por qué no fui a Brasil, teniendo el Mundial tan cerca. Y ya estaba practicando las respuestas: «¡No sabés hijo lo que salía un pasaje a Río por esa época! ¡$52.000 sólo ida por volver el Lunes después de la Final!», «¡2000 dólares una entrada para la semifinal!», «¡Hasta 10.000 dólares una entrada para la Final, hijo! ¡Eran 120.000 pesos! ¡Me pagaba todo lo que me faltaba pagar del auto, las tarjetas, viajes, todo con una sóla entrada!», «Justo en esa época se me había dado por trabajar en una oficina, con un puesto serio y jefe, ¿cómo hacía para pedirle de la nada los días para viajar? ¡Era una locura!».

Y yo sabía que si realmente lo crié bien, el pibe no iba a poder aceptar ningún tipo de respuesta que no sea 1) «No, hijo, para esa época yo no había nacido», 2) «Para esa época yo ya estaba muerto», o 3) «No, hijo, pasa que nací en Zimbabue». Si yo estaba vivo, era argentino, y había un Mundial en Brasil, tenía que ir. Y sino, que Dios, la patria, mis amigos, y sobre todo mi hijo, esa pequeña versión de mi mismo, me lo demanden para siempre.

Así que después de intentar de todas maneras ir desde el principio, y a sabiendas de que no me daba la plata para llegar desde el primer partido y mantenerme vivo y comiendo hasta la final (porque sabía que ibamos a estar en la Final, aunque me falló el pronóstico de ese resultado), decidí por lo menos ir una vez que las cosas estén avanzadas.

Y un Domingo cualquiera, con ese pequeño grupo de amigos con el que al final de cada partido nos lamentábamos por no haber estado ahí (con frases que incluían crisis existenciales y seguro a un montón de gente le parecerían una bestialidad exagerada), decidimos viajar como sea. Después de charlarlo y darle mil vueltas, uno vio una oferta en vuelos, prendió la alarma, y a los 15 minutos estábamos todos 12 cuotas más pobres que antes.

Llegamos a tiempo para ver a Argentina en la Semifinal del Mundo por primera vez en nuestras vidas. Y la vimos ganar, ahí en Brasil, pegaditos a parte de la barra del Corinthians. Sufrimos bajo la lluvia de San Pablo ver que a Messi no le estaban saliendo las cosas, pero festejamos a los gritos afónicos (y corriendo para que no nos maten a trompadas) que Argentina estaba de nuevo en el partido más decisivo del fútbol. Y ahí festejábamos también que, por esas cosas de la vida, uno de nosotros tenía entrada para la Final. Y ese mismo sería yo.

Argentina vs Alemania en el Maracaná

«Las cosas de la vida» esta vez tenían cara de Nabot, un israelí que conoció mi viejo en un partido anterior y que tenía que volver a su tierra porque todo el quilombo en Oriente Medio sumaba un nuevo capítulo de misiles y bombas. Nunca entendimos bien qué iba a hacer él ahí, pero quería vender sus 2 entradas y «sólo» nos pedía 3 veces lo que las pagó. Era lo único que necesitabamos entender. Eso sí: había que jugarse y comprarlas antes de que Argentina juegue contra Holanda. Y lo hicimos.

Romero atajó los penales, Argentina ganó el partido, y 3 días después de comprarlas, nos estaban ofreciendo 5 veces más de lo que las pagamos. 10.000 dólares cada entrada. Ahora, en mano. Ni yo, que le había «alquilado» dólares a toda mi familia para poder viajar, me replanteé un segundo la idea: 10.000 dólares alguna vez los voy a volver a ganar. Y si no los gano, tanto no me van a importar. Una nueva final, en Brasil, con Messi en cancha y con nuestra camiseta, no se repite nunca más. Y no se negocia por nada.

Terminé viviendo una Final del Mundo en el Maracaná, entre Argentina y Alemania, sentado al lado de mi viejo, como viví tantos partidos de Racing desde que soy chiquito. Él habiendo visto los mundiales de Maradona y yo viendo a la selección por primera vez en una Final, abrazado a la esperanza del único jugador que me dio ganas de estamparle su número y nombre a mi camiseta de Argentina desde el Diego para acá.

Maracaná

En el medio hubo banderazos, hinchas argentinos con las anécdotas más increíbles, carpas, garrafas, sambódromos, y «¡¡Brasil, decime qué se siente…!!«. Nos encontramos un iPhone, subimos al Cristo (y le pedí más de cerca que no se olvide del tema Racing), amanecimos a las 4 AM 1 semana entera para entrar a la página de la FIFA por si había entradas, preguntamos a TODOS los contactos cercanos si vendían una, vimos trompadas, puteadas, garotas entregadísimas, brasileros vestidos de holandeses y disfrazados de alemanes, vimos policías gastándonos a la salida del Maracaná, ratoneamos alojamiento, buscamos «disconto» en todo lo que pudimos, nos colamos en alguna que otra situación, y vivimos el infierno de seguir dos días más en Río después de haber perdido una Final del Mundo.

Sueño cumplidoCon lo bueno y lo malo, y teniendo en cuenta todo lo que nos costó (y lo que nos va a seguir costando hasta Julio de 2015), fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. Una de las pequeñas locuras más lindas que viví desde que estoy acá en el planeta. Fue seguir un sueño, sin saber cómo iba a terminar, incluso sabiendo que, sí, una de las chances era que el resultado no sea el que queríamos. Pero lo vivimos, lo disfrutamos, lo sufrimos, y lo experimentamos en primera persona.

Se podía perder, era una chance. Se podía sufrir, se podía llorar, te podían gastar tanto que hasta vos (que de chiquito nunca mataste ni una abeja por las dudas de que «llame a las amigas») te quieras reventar a golpes con todo el que se cruce por delante. Podía ser una goleada de 7 goles o uno sólo, de pedo, faltando 5 o 6 minutos para los penales. Se podía jugar bien o decepcionar. Se podía volver con camisetas de todos los países, como hicieron los garotos, o se podía volver con una única camiseta, orgulloso de tenerla puesta y de compartirla con el mejor jugador del mundo, una vez más. Y tocó perder por ahí sin merecerlo, como tocan un montón de cosas.

Pero a todo ser humano que disfrute el fútbol como deporte y como locura social: Alguna vez en tu vida tenés que ir a ver un Mundial de Fútbol. Sí, es caro. Sí, en algunos casos puede ser una locura. Sí, te sale más barato un viaje de 2 meses a Europa. Pero alguna vez en tu vida, si tenés una oportunidad aunque sea remota, tenés que viajar a un Mundial de Fútbol. Haceme caso. A la vuelta contame si no valió la pena.

Ya volviendo a nuestro viaje, una vez sufrido y llorado todo, lo importante es que volvimos a disfrutar esas cosas increíbles que tiene el fútbol: Este fue el Mundial que más disfruté y el que más sufrí de toda mi vida. Y pagaría lo que sea por vivirlo todo de nuevo.

Brasil 2014 fue, de principio a fin, un nuevo sueño cumplido. 🙂

Un sueño cumplido

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2014: Con todo lo que necesito para escribir en el blog

La casa en la playa

Hace unos días estuve de vacaciones en La Pedrera (Uruguay), desconectado de todo en una cabaña dentro de una reserva natural, rodeado de arboles y naturaleza. Me tiré en la arena a hacer nada, salí a correr, me metí al mar, fui a comer a lugares lindos, me leí casi 2 libros completos, de todo.

Esta reserva con cabañas de madera y cosas lindas, quedaba a unos 200 metros del mar. Eso implicaba que todos los días en el camino a la playa nos crucemos con una casita blanca de película. Toda de madera, con un living «minimalista», hamacas paraguayas, decks, reposeras acolchonadas, y con un ventanal gigante que cubría toda la «pared» que daba al mar. Si alguno vio «The Ghost Writer», con Pierce Brosnan, le digo que era algo así pero en blanco. Era perfecta, y yo me encargué de captar en la foto de arriba su PEOR ángulo. 😛 Pero imaginate que era increíble.

Cada vez que pasaba por ahí, era inevitable imaginarme viviendo en esa casa. Despertarse al amanecer, mirar el mar desayunando algo rico, salir a correr por la playa, leer un rato, pasar un rato en pareja o con amigos, y cada tanto aprovechar la soledad para escribir como loco por horas.

Imposible no pensar en que ahí sí escribiría todo lo que quiero escribir en el blog y que por tiempo o por excusas no llego a escribir. O que ahí sí escribiría finalmente un libro (aunque nunca lo saque a la venta por vergüenza/cagazo). Era mi casa de los sueños como blogger, o hasta como potencial escritor amateur.

Una cosa llevó a la otra y hoy me crucé con esta viñeta que me identificó bastante (y me dejó un poco en offside):

Lo que necesito para escribir

Sumado a eso (y esta parte sólo para el que le interese este blog, el resto disculpe, nos vemos otro día), un comentario de Diana en el post de las «gracias por leer«, me hizo llegar a lo siguiente:

Cantidad de posts en el blog

Esa tabla muestra la cantidad de posteos en este blog en cada mes desde que se empezó a escribir (en Marzo de 2006) hasta hoy mismo. Hay varias conclusiones que saqué al respecto, pero la más dura fue notar que el año pasado fue el peor año completo (en cantidad) desde que empecé el blog. Y que desde 2009 todos los años escribí menos entradas que el año anterior. Así que uno de mis objetivos para este 2014 (al que le di un mes completo de ventaja) es superar la nefasta marca de 2013 y volver a publicar una cantidad decente de entradas.

Decente para el que lee y decente para mi, que también necesito sacar de mi sistema y compartir con alguien en el mundo todas estas cosas sin importancia pero que tanto me gustan. 😛

Así que al que lee y espera algo de este blog, sin culpa pero con ánimo de cambiar las cosas, le pido perdón por el ritmo de 2013. Y prometo mejorar en 2014. Y que la historia me juzgue, señoras y señores (?). 😛

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26

https://www.youtube.com/watch?v=gXANo4_LE1g

Y finalmente ayer, al ritmo del video de arriba, arranqué los 26. Con 26 para el envido elegiría ir a menos, pero con 26 para la vida ya me le planto al que sea. 😛

Los empecé con un corte de luz desde el 30 a las 21 hs que obligó un poco de vida rústica para empezar el nuevo año. El hecho de venir viendo The Walking Dead ayudó para vivir por un rato en un pequeño mundo de fantasías.

Me puse un sombrero tipo sheriff que hay en casa (un sombrero de paja cualquiera, pero yo me sentí sheriff como Rick), dos linternitas de esas para leer que te venden en el colectivo, velas, off, un espiral, y un CD de una banda de cumbia de la que mi querido padre hace un tiempo es el manager (sí, todo muy loco por acá en casa).

Aunque al principio fue sin luz (¡y con la rotura de un espejo!), al ritmo del tema del video de arriba empezó lo que promete ser un gran año, que también arrancó con trabajo nuevo, novia, y si Dios y Chevrolet me lo permiten, en un mes también con un auto nuevo (que ya estaré presentando por éstos pagos cuando lo tenga en la calle).

Y como si eso fuera poco, en los próximos días arranca también con un pequeño gran viajecito a Miramar con amigos. La idea (para el viaje pero sobre todo para el año que se viene) es no descuidar el blog y retomar ese clima familiar que en las vacaciones estamos relajando por las merecidas ausencias a la playa. Tanto en los posts, como en los comentarios, en Facebook o Twitter. En todos lados, como se debe. 🙂

Así que de yapa para seguir con la joda les regalé el feriado de mi cumpleaños de ayer. Ahora retomemos el ritmo como se debe, que el mundo no se va a seguir moviendo sólo. 😛

Gracias a todos de paso por los saludos por acá, Twitter, Facebook, mail, SMS, WhatsApp, y por todas las 500.000 ocurrentes maneras de mostrar cariño en éste día particularmente copado. 🙂 Prometo que estoy respondiendo de a poco, pero la vida sigue, hoy no es feriado y mañana me voy de viaje! Así que voy al ritmo que puedo!. 😛

Me voy bailando como vine:

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