Llega el momento del año en el que pienso específicamente en empezar a hacer ejercicio (al márgen del fútbol, que ya es parte de la religión, diría Charly). No es un mes antes del verano, como le pasa a algunos. A mi me agarra ahora.

Mi problema es que le tengo cierto rechazo a los gimnasios. Nunca fui al gimnasio, como va la gente normal. Hago fútbol 2 o 3 veces por semana, a veces salgo a andar en bicicleta, a veces salía a correr, me gustaría nadar y volver a hacer remo. Pero nunca me metí en un gimnasio. Y así y todo, aunque a mi no me cierra del todo, me gusta la idea de los gimnasios.

Me gusta que la «moda» del gimnasio hizo que se vuelva a ver como algo bueno y natural al hecho de hacer ejercicio y cuidarse. No es de vago, no es femenino, no es sólo para deportistas.

Hoy hasta los empresarios más importantes del mundo tienen un tiempo de ejercicio separado en su agenda (algunos con gimnasio en sus casas y todo). Varias de las empresas más grandes del mundo tienen oficinas que se centran en cuidar al empleado. Algunas con gimnasio, pileta, y hasta canchas para hacer deportes.

Logicamente: como lo valoran, lo cuidan. Valoran su vida, y la cuidan. Necesitan a sus empleados en el 100% de su capacidad y potencia, y por ende, los cuidan. La consecuencia lógica de que algo puntual les parezca importante y prioritario, es cuidarlo y desarrollarlo.

La ecuación que hace ésta gente sería: para ser exitoso es necesario cuidar lo más importante en el trayecto.

Según un estudio que hizo Dove Men sobre el hombre de hoy, el 66% de los entrevistados cree que cuidar a su familia es lo más importante. El 50% cree que lograr un equilibrio entre la vida personal y la profesional define y afecta en su potencia.

Entonces, relacionandolo con eso, me pregunto: ¿Tenemos claro qué es lo más importante para nosotros? ¿Cuidamos lo que creemos prioritario? ¿Cuánto tiempo dedicamos a cuidarnos a nosotros y a nuestro entorno?.