Siempre la gente fumadora que tuve a mi alrededor (en algún trabajo o en las viejas épocas en la facultad) fue bastante respetuosa de mi condición de «no-fumador», por ende nunca estuve en medio de una discusión fuerte por el asunto.

Por motivos personales siempre odié al cigarrillo pero al estilo divino, que «odia al pecado pero no al pecador». Claramente no soy Dios, y claramente hay veces en que el «pecador» se esfuerza por ser odiado, pero eso ya escapa de su condición de fumador y depende un poco más de su condición de «infeliz» o de «irrespetuoso» (por ser un poco más cariñoso).

El asunto es que pareciera que a Nacho le tocó uno de esos «pecadores irrespetuosos», y no tuvo alternativa que ofrecer (respetuosa y hasta poéticamente) su opinión a modo de cartelito:

Por favor, no fumar