Hoy es un día extraño. Hasta un tanto bipolar, diría.

Por un lado primero me voy a un extremo: Cabildo Abierto Racinguista.

Estaremos ahí, marcharemos, cantaremos, pediremos la muerte y/o/u empalamiento de alguno que otro, y sin violencia (más allá de la que siempre a alguien con poder -policia/grondona/blanquiceleste/etc- le conviene que haya), volveremos a pedir que se vaya Blanquiceleste de una vez al colpos de su madre, caminaremos hasta Puerto Madero, la AFA, o hasta donde le pinte al que más fuerte grite «EH! VAMO’ PARA ALLA!» (bien podemos terminar en la casa de algún pariente suyo de Ranelagh si nos distraemos).

Después de secarnos la garganta gritando, de indignarnos porque «no puede ser que todas éstas cosas estén arregladas por plata, que hij…», de saludar a algunos conocidos de la cancha, de que esos mismos conocidos me pregunten cuando vuelve mi hermana, de cruzarme seguramente con mi viejo caminando por ahí, y con algún amigo de mi viejo de esos que cada tanto me ve en la cancha y me cuenta que me conoce desde que era así (llevando la mano a la altura de su rodilla más o menos… no sé si exagera, o si yo era un gnomo posta)…

Después de todo eso, me voy a ver a mi amigo Jorge Drexler, al Gran Rex (ahí entra en rigor la parte de la bipolaridad).

Jorge Drexler es un tipo al que le tengo una sana envidia (como decía Eduardo Fabregat, que no sé si es algo de mi amigo -o ex-amigo, no sé, hace mucho que no hablo- Pablo Fabregat). Es un tipo que nada tiene que ver con las «estrellas» de ahora (Drexler digo, Eduardo ni idea). Es inteligente, tiene letras con contenido, piensa, para, reflexiona, analiza todo el tiempo. Y eso después de ganar un Oscar (para el que me ponga en duda el rótulo de estrella).

Entonces como no podía ser de otra manera, pago los petrodolares (¡gordo!) que signifique ir a verlo al teatro tocar vestido de traje y guitarra en mano.

Y el iPod, bueno, nada fantástico… lo llevo a ver si se le puede arreglar una cosa que anda mal, ya que estamos de paso.