Patear el tablero

En mi grupo de amigos todavía se recuerda anecdóticamente un campeonato de PES (para las madres: PES es Pro Evolution Soccer, un juego de fútbol para la playstation) en el que uno de los integrantes, en un rapto de ira suculenta por estar perdiendo sorpresivamente el campeonato en un partido, tomó directamente la peor de las decisiones: apagar la play.

Todavía hoy en el 90% de las juntadas o mails (ya sea sobre el tema, sobre floricultura o sobre cualquier cosa de la vida) se le recuerda al pobre tipo aquel error, se lo gasta un rato por lo acontecido, y se reprueba aquella actitud.

Será por eso que cuando pienso en «patear el tablero» se me ocurre eso: Uno que apagó la play porque las cosas no le salían como quería. Un capricho o una bronca del momento que hacen tomar una decisión por impulso, más por no aguantarse perder que por querer darse una nueva oportunidad a uno mismo.

Pero en realidad patear el tablero es y no es eso, al mismo tiempo. Patear el tablero no es no saber perder ni escupirle el asado de la victoria a alguien más. No es apagar la play. Patear el tablero en realidad es darse cuenta que las fichas están en el mismo lugar hace rato, y que la cosa así no va ni para adelante ni para atrás. No es abandonar, sino volver a empezar, volver a ordenar los factores del juego. Es reconocerse trabado en cierto punto del juego, o de la vida, y entender que es hora de refrescar la situación, de darle una vuelta de rosca.

No es (o no debería ser) desentenderse de las consecuencia de las propias acciones (jugaste mal y vas perdiendo, a bancarselá…), sino todo lo contrario: Ponerse los pantalones de la vida, agarrar el toro por las astas, tomar el volante y darse cuenta que el que maneja es uno. Que el que decide si seguir viviendo estancado en el pasado, en un problema, en un miedo, o en una vida miserable, es uno mismo. No es «culpa» de la vida, sino decisión propia.

Por ahí te hayan pasado cosas difíciles, por ahí la vida te tocó más difícil que a otros (o parezca eso, viéndolo desde afuera), y SEGURO alguien alguna vez te lastimó, te hizo mal, o fue injusto con vos. Pero es decisión propia dejar que todavía hoy esa situación siga pinchando y doliendo (y seguir haciéndose mal uno mismo, usando al otro con ese propósito), o elegir limar aquellas asperezas y entender que, aunque esa situación ya es parte de nuestra vida, es exclusivamente parte de nuestro pasado.

De chiquito me enseñaron (y por ahí aplique) que el odio produce más odio y que el amor cubre todas las faltas. Está en uno decidir cuál de las dos elegir. Por ahí hoy sea un buen día para que el amor cubra las faltas del juego anterior. Y por ahí patear el tablero no sea apagar la play, sino darse la chance de empezar de nuevo. Más crecidos por haber aprendido de las experiencias y más livianos por habernos sacado la carga de encima. 🙂