Clark Little: La vida de un “Fotógrafo de Olas”

Clark Little: El fotógrafo de las olas

El protagonista del video de abajo es Clark Little. Su particularidad: Se gana la vida fotografiando rompientes de olas, desde adentro del agua. De hecho, según ESPN es “uno de los fotógrafos acuáticos más respetados del mundo“. Y lo avalan varios medios especializados en fotografía, deportes extremos, y naturaleza de todo el mundo.

El hombre nació en California y tiene 46 años. Un día en 2007 la esposa buscaba una foto de una ola para decorar su habitación. El le dijo “No compres ninguna, dejá que yo la saco”. Compró una cámara, una carcasa a prueba de agua, se metió en el mismo mar en el que tantas veces surfeó, y se puso a sacar fotos.

Sin saberlo, estaba empezando una carrera que en sólo 7 años ya tuvo decenas de premios en todo el mundo, y exhibiciones en USA, Brasil, Japón, y Canadá (actualmente tiene una exhibición fija en Hawaii). Además, ganó reconocimiento internacional y salió en casi todos los programas más importantes de noticias de Estados Unidos.

Sus trabajos se publicaron en museos, hoteles de las cadenas Four Seasons o Ritz-Carlton, y medios como la National Geographic, el New York Times, LIFE, Nikon World, entre otros. Además, hizo trabajos especiales para marcas como Apple (¡los fondos de pantalla e imágenes que aparecen en la MacBook Pro Retina!), Nike, Toyota, Nikon, Hewlett-Packard, Verizon, y varias más. Tiene más de 30 tapas de grandes revistas internacionales en su haber, y varios de sus trabajos pululan a diario por portales, blogs, y tumblrs.

El hombre, además, tiene su propio libro de tapa dura, “Shorebreak”, con 160 páginas y más de 100 fotos de distintas playas del mundo, cada una con su historia. Edición “Estandar” y edición “Coleccionista”, con fotos impresas aparte, firmadas, y demás chiches.

Clark Little: fotos de olas

En el video de arriba, él mismo cuenta un poco su historia, cómo empezó en esto, cuál es su forma de pensar y de trabajar, y en dónde tomó sus mejores fotografía. Y por si te quedaste con ganas de más, podés seguirlo en su cuenta de Instagram: Clark Little. También, en su sitio web podés ver las galerías de imágenes (aunque no están en buena definición, una googleada de su nombre va a tener mejor efecto) y comprar fundas para tu iPhone o Galaxy S3, libros, tazas, remeras, postales, y ediciones impresas de sus fotos.

¿Y al final qué pasó con la foto de la esposa? Calculo que en la habitación de su casa tiene una. Pero sino, puede ir a cualquiera de los hoteles Ritz-Carlton y sacarse una foto como esta, con el trabajo del esposo: :P

Clark Little en el Ritz-Carlton

Brasil 2014: Un sueño cumplido

Argentina Final en el Maracaná

Con Brasil 2014 se nos acaba de ir el mejor Mundial de la historia. Ese que le voy a contar y re-contar a mis hijos por años. Y por eso mismo lo quería vivir en primera persona como sea. El Mundial estaba acá nomás, y Messi estaba en la cancha, con nuestra camiseta. No me iba a perdonar nunca en la vida no haber ido. Así que aproveché esos segundos de inconsciencia que se necesitan para decidir una locura y terminé yendo.

No cuento esto porque crea que le importa a alguien, ni porque tenga que ver con la temática del blog. Todavía no sé ni qué voy a decir, pero necesito decir algo. Necesito largarlo.

Yo soy de esos que, incluso después de haber hecho un duelo por no viajar a verlo, desde el primer reconocimiento de campo que Messi hizo en el Maracaná (el día anterior al primer partido de Argentina), ya nos dimos cuenta de que nos habíamos equivocado fuerte al no ir a Brasil. Y que no era una huevada. Era un error grande, una atrocidad. Una de esas marcas que nos iban a quedar para siempre. Pocas en toda la vida, pero profundas. Eso que ibas a pensar cuando alguien te pregunte “¿Te arrepentís de algo en toda tu vida?”.

Sabía que, si a mi hijo lo crié bien, él me iba a preguntar por qué no fui a Brasil, teniendo el Mundial tan cerca. Y ya estaba practicando las respuestas: “¡No sabés hijo lo que salía un pasaje a Río por esa época! ¡$52.000 sólo ida por volver el Lunes después de la Final!”, “¡2000 dólares una entrada para la semifinal!”, “¡Hasta 10.000 dólares una entrada para la Final, hijo! ¡Eran 120.000 pesos! ¡Me pagaba todo lo que me faltaba pagar del auto, las tarjetas, viajes, todo con una sóla entrada!”, “Justo en esa época se me había dado por trabajar en una oficina, con un puesto serio y jefe, ¿cómo hacía para pedirle de la nada los días para viajar? ¡Era una locura!”.

Y yo sabía que si realmente lo crié bien, el pibe no iba a poder aceptar ningún tipo de respuesta que no sea 1) “No, hijo, para esa época yo no había nacido”, 2) “Para esa época yo ya estaba muerto”, o 3) “No, hijo, pasa que nací en Zimbabue”. Si yo estaba vivo, era argentino, y había un Mundial en Brasil, tenía que ir. Y sino, que Dios, la patria, mis amigos, y sobre todo mi hijo, esa pequeña versión de mi mismo, me lo demanden para siempre.

Así que después de intentar de todas maneras ir desde el principio, y a sabiendas de que no me daba la plata para llegar desde el primer partido y mantenerme vivo y comiendo hasta la final (porque sabía que ibamos a estar en la Final, aunque me falló el pronóstico de ese resultado), decidí por lo menos ir una vez que las cosas estén avanzadas.

Y un Domingo cualquiera, con ese pequeño grupo de amigos con el que al final de cada partido nos lamentábamos por no haber estado ahí (con frases que incluían crisis existenciales y seguro a un montón de gente le parecerían una bestialidad exagerada), decidimos viajar como sea. Después de charlarlo y darle mil vueltas, uno vio una oferta en vuelos, prendió la alarma, y a los 15 minutos estábamos todos 12 cuotas más pobres que antes.

Llegamos a tiempo para ver a Argentina en la Semifinal del Mundo por primera vez en nuestras vidas. Y la vimos ganar, ahí en Brasil, pegaditos a parte de la barra del Corinthians. Sufrimos bajo la lluvia de San Pablo ver que a Messi no le estaban saliendo las cosas, pero festejamos a los gritos afónicos (y corriendo para que no nos maten a trompadas) que Argentina estaba de nuevo en el partido más decisivo del fútbol. Y ahí festejábamos también que, por esas cosas de la vida, uno de nosotros tenía entrada para la Final. Y ese mismo sería yo.

Argentina vs Alemania en el Maracaná

“Las cosas de la vida” esta vez tenían cara de Nabot, un israelí que conoció mi viejo en un partido anterior y que tenía que volver a su tierra porque todo el quilombo en Oriente Medio sumaba un nuevo capítulo de misiles y bombas. Nunca entendimos bien qué iba a hacer él ahí, pero quería vender sus 2 entradas y “sólo” nos pedía 3 veces lo que las pagó. Era lo único que necesitabamos entender. Eso sí: había que jugarse y comprarlas antes de que Argentina juegue contra Holanda. Y lo hicimos.

Romero atajó los penales, Argentina ganó el partido, y 3 días después de comprarlas, nos estaban ofreciendo 5 veces más de lo que las pagamos. 10.000 dólares cada entrada. Ahora, en mano. Ni yo, que le había “alquilado” dólares a toda mi familia para poder viajar, me replanteé un segundo la idea: 10.000 dólares alguna vez los voy a volver a ganar. Y si no los gano, tanto no me van a importar. Una nueva final, en Brasil, con Messi en cancha y con nuestra camiseta, no se repite nunca más. Y no se negocia por nada.

Terminé viviendo una Final del Mundo en el Maracaná, entre Argentina y Alemania, sentado al lado de mi viejo, como viví tantos partidos de Racing desde que soy chiquito. Él habiendo visto los mundiales de Maradona y yo viendo a la selección por primera vez en una Final, abrazado a la esperanza del único jugador que me dio ganas de estamparle su número y nombre a mi camiseta de Argentina desde el Diego para acá.

Maracaná

En el medio hubo banderazos, hinchas argentinos con las anécdotas más increíbles, carpas, garrafas, sambódromos, y “¡¡Brasil, decime qué se siente…!!“. Nos encontramos un iPhone, subimos al Cristo (y le pedí más de cerca que no se olvide del tema Racing), amanecimos a las 4 AM 1 semana entera para entrar a la página de la FIFA por si había entradas, preguntamos a TODOS los contactos cercanos si vendían una, vimos trompadas, puteadas, garotas entregadísimas, brasileros vestidos de holandeses y disfrazados de alemanes, vimos policías gastándonos a la salida del Maracaná, ratoneamos alojamiento, buscamos “disconto” en todo lo que pudimos, nos colamos en alguna que otra situación, y vivimos el infierno de seguir dos días más en Río después de haber perdido una Final del Mundo.

Sueño cumplidoCon lo bueno y lo malo, y teniendo en cuenta todo lo que nos costó (y lo que nos va a seguir costando hasta Julio de 2015), fue una de las mejores decisiones que tomé en mi vida. Una de las pequeñas locuras más lindas que viví desde que estoy acá en el planeta. Fue seguir un sueño, sin saber cómo iba a terminar, incluso sabiendo que, sí, una de las chances era que el resultado no sea el que queríamos. Pero lo vivimos, lo disfrutamos, lo sufrimos, y lo experimentamos en primera persona.

Se podía perder, era una chance. Se podía sufrir, se podía llorar, te podían gastar tanto que hasta vos (que de chiquito nunca mataste ni una abeja por las dudas de que “llame a las amigas”) te quieras reventar a golpes con todo el que se cruce por delante. Podía ser una goleada de 7 goles o uno sólo, de pedo, faltando 5 o 6 minutos para los penales. Se podía jugar bien o decepcionar. Se podía volver con camisetas de todos los países, como hicieron los garotos, o se podía volver con una única camiseta, orgulloso de tenerla puesta y de compartirla con el mejor jugador del mundo, una vez más. Y tocó perder por ahí sin merecerlo, como tocan un montón de cosas.

Pero a todo ser humano que disfrute el fútbol como deporte y como locura social: Alguna vez en tu vida tenés que ir a ver un Mundial de Fútbol. Sí, es caro. Sí, en algunos casos puede ser una locura. Sí, te sale más barato un viaje de 2 meses a Europa. Pero alguna vez en tu vida, si tenés una oportunidad aunque sea remota, tenés que viajar a un Mundial de Fútbol. Haceme caso. A la vuelta contame si no valió la pena.

Ya volviendo a nuestro viaje, una vez sufrido y llorado todo, lo importante es que volvimos a disfrutar esas cosas increíbles que tiene el fútbol: Este fue el Mundial que más disfruté y el que más sufrí de toda mi vida. Y pagaría lo que sea por vivirlo todo de nuevo.

Brasil 2014 fue, de principio a fin, un nuevo sueño cumplido. :)

Un sueño cumplido

Un casamiento sorpresa en un avión (a 10.000 km de altura)

Casamiento sorpresa en un avión

Thomas Cook es el nombre del primero que creó un viaje para un grupo de gente organizado, en 1841. En su honor se creó la que fue considerada la primer agencia de viajes del mundo, y más tarde una línea aérea con ese mismo nombre: Thomas Cook Airlines.

Esa línea aérea se sumó a la ola de empresas que para promocionarse eligen no sólo una publicidad en sí misma, sino una experiencia que además sirva como plataforma publicitaria. En este caso la idea fue un casamiento sorpresa en un avión. Y sí, en pleno vuelo y a 10.000 km de altura.

Para eso, en el día de los enamorados preguntaron en Facebook si te casarías en un avión en caso de poder hacerlo. Uno de los que contestó “¡Inmediatamente!” fue Alexander. Así que ahí mismo lo contactaron y empezaron a producir su casamiento sorpresa con la complicidad de familiares y amigos. Después de un plan implementado siguiendo cada detalle, se da el encuentro, que se puede ver en estos 5 emocionantes minutos de video:

Decoración, familiares, una banda en vivo, el traje del novio, el vestido de la novia, la emoción, las lágrimas, el cura/pastor que los casa. Un casamiento real, instantáneo, sorpresa, y casi improvisado para ella. La ceremonia terminó en tierra y con fuegos artificiales (que por los nervios ellos casi no recuerdan). En Twitter se pudo (puede) seguir lo que pasó con el hashtag #FlightYes2014.

Casamiento sorpresa en un avión (a 10000 km de altura)

Además, se puede ver otro video con el “detrás de escena” de los preparativos (comentado por los mismos novios), y uno con el después del casamiento, con luna de miel en la isla griega de Rodas incluída:

Pasó 4 años construyendo un increíble camión-casa para su hija

El camion casa más espectacular del mundo

Bran Ferren es un inventor, amante de la tecnología, y ex jefe de investigación y desarrollo en el departamento de Disney Imagineering (el sector de la compañía que desarrolla planes para parques). Tiene 61 años y, por esas cosas de la vida, una hija de 4 llamada Kira.

Como en su momento sus padres le enseñaron a examinar el mundo, él también quiere enseñarle a su hija a conocer y explorar todo lo que la rodea. Y para eso, en 4 años y con varios millones de dólares gastados en el proceso, construyó el vehículo ideal para recorrer el mundo.

También le construyó un espacio creativo de juegos y graba entrevistas a diseñadores y artistas amigos para que algún día ella las vea y aprenda. Todo esto con el objetivo de darle un entorno creativo, motivador, e inspirador en el que pasar toda su etapa de crecimiento.

El dice que cuando tenés un hijo de grande sabés que no vas a acompañarlo mucho tiempo de su vida. En algún momento vas a morir, y es una buena idea dejar a su disposición toda la sabiduría que le quieras compartir, toda la experiencia (tuya y de otros) que le quieras transmitir, y el mejor ambiente de creación que puedas desarrollar.

No es dejarle millones de dólares y todo servido en bandeja de plata, sino dejarle las herramientas para que ella misma cree su propio futuro. A su manera, según su mirada del mundo, y con sus ideas.

Entre estas varias ideas, decíamos, decidió construirle el terrible camión-casa para explorar el mundo que se ve en las fotos. Para eso aprovechó un previo trabajo suyo en Hollywood (donde aprendió a amar este tipo de “casa rodante todoterreno”), y todo el conocimiento adquirido en el trabajo para grandes marcas como Disney.

The Kiravan

El objetivo era crear el vehículo de expedición perfecto: Un fuerte 5 estrellas que la pueda llevar a cualquier lugar del mundo. Finalmente lo logró, y lo llamó “The KiraVan“.

Tiene cocina y baño eco-friendly, sistemas de comunicación con antenas especiales, un estudio, una habitación, un living, un pequeño penthouse especial para Kira, ruedas reforzadas, y un motor que le permite viajar más de 3000 km sin tener que parar (todo con tanques preparados para sufrir calor o frío extremos).

The Kiravan

Aprovecha la energía solar, tiene un sistema especial de manejo de desechos, y un sistema de mástiles retractables para tener visión nocturna, imágenes en alta definición, sensor de iluminación, y una propia estación meteorológica. Todo eso en un mismo vehículo que se puede mover a más de 100 km por hora.

Espectacular camion-casa para explorar el mundo

Ver la imagen de la descripción en grande es realmente una locura. Y es genial recordar que todo esto lo creó con la idea de darle a la hija las herramientas necesarias para conocer el mundo, explorarlo a su manera, y aprovechar a fondo esa inspiración para crear lo que ella sea que quiera crear en la vida.

Si querés conocer un poco más sobre Bran Ferren o su hija Kira, podés leer la completa nota sobre el tema que les hicieron en Wired (en inglés). Ahí mismo podés ver en grande (en la galería) las imágenes y los textos de descripción. ¡Vale la pena tomarse el tiempo, es una maravilla móvil!

Recorriendo Nueva York en un timelapse de 3 minutos

Una de las ciudades más lindas del mundo (o al menos del mundo que conozco), y sus puntos turísticos más espectaculares, en un timelapse de 3 minutos (o en realidad un “hyperlapse”, que sería el timelapse que conocemos de toda la vida, pero en movimiento).

Un espectacular recorrido por Nueva York que tiene imágenes de noche, de día, con sol, con lluvia, dentro de Manhattan, y desde afuera de la isla.

Y pegadito a éste, para no molestar con otro post a los que no disfrutan Nueva York como nosotros, me encontré hace ya unos meses este video en el que 2 riders recorren Nueva York en longboard:

NECESITO viajar. ¡A Nueva York o a donde sea!

¿Por qué viajar nos hace felices?

¿Por qué viajar nos hace felices?

«Viajar nos taladra las ideas, las rompe, las expande. Nos enfrenta con nuestros prejuicios y nos confronta. Viajar ha sido mi mejor terapia, mi mayor cachetada de humildad y el alimento más nutritivo para mi espíritu. Me hace ver mi vida y la de los demás de manera periférica, con otra visión, desde fuera, desde las alturas, desde el amor.
Somos felices cuando viajamos porque estamos presentes, porque queremos recordar, estar, sentir, vivir. Porque sabemos cuando viajamos que ese instante se desvanecerá y quedará sólo en el recuerdo, en una foto. Porque nos hace sentir mortales y es entonces cuando disfrutamos al máximo estar vivos.»

A veces pasa (a mi me pasa casi siempre) que ya otro dijo mejor las palabras de lo que uno mismo las podría decir en la vida. Y cuando es así, está bueno directamente citar y compartir esas palabras para que los demás las conozcan también. En este caso me pasó eso con el post “¿Por qué viajar nos hace felices?” en el blog de Alan Estrada. El párrafo de arriba es un mix de frases de todo el post, pero recomiendo leerlo completo. :)

Y de paso: Yo lo vi gracias a la recomendadísima Agos Bulacio. :)