Para leer un Domingo: Historias de amor, vida y música

Para mi los Domingos nublados (como el que me está tocando hoy en Buenos Aires) fueron hechos especialmente por Dios para leer, escribir, dormir, mirar series o películas. Después el hombre metió la pata, se puso violento con el fútbol, se prohibieron los hinchas visitantes, y también sirven para ver por TV, con unos buenos mates y unas facturas, los partidos en los que no podés ir a la cancha.

Mientras yo espero que llegue el partido de mi Racing querido del día de hoy (actividad 1 para días de lluvia), hago la parte de escribir (2) porque ya hice la parte de leer (3), ya dormí lo suficiente (4), y quiero recomendar algunas de esas notas que leí hoy para que ustedes hagan lo propio en donde sea que estén leyendo esto.

Va un pedacito de texto de cada una, y el resto en el link (el texto que agarro es muy arbitrario, es algo que me gustó a mi nomás, recomiendo leer la nota completa, siempre):

Rocky, el amor, y las verdaderas historias

Por un lado, están los siempre geniales textos de Caro Aguirre en La Nación Revista. Hoy dice que “Las mejores historias son siempre de amor“. Si te gustan las historias, te va a gustar. Y si viste Rocky, más todavía:

Caro Aguirre y las historias de amor

Vivir más tiene sus secretos

Por otro lado, Maria Talavera (que no tengo el gusto de conocerla) cuenta en El País “Por qué los sabios viven más“. Hay ejemplos puntuales, consejos y algunas buenas ideas:

Cómo vivir más

La clave no es sólo vivir más, sino más feliz

Además, una nota que leí en la semana: Anahad O’Connor cuenta en el New York Times (en español) “Los secretos para una vida feliz, según un estudio de Harvard“:

Como vivir más feliz

Cómo nos afecta (positivamente) rodearnos de naturaleza

Otra nota de La Nación Revista, ahora de (la también genial) Martina Rua cuenta cómo nos influye positivamente pasear aunque sea un ratito por alguna plaza o parque cercano, aunque sea de camino al trabajo/universidad/escuela. Se llama “Cerca de la naturaleza“:

Vivir rodeados de naturaleza

Por qué te deberías querer morir por perderte a Coldplay en Buenos Aires

Y por último me gustó mucho también esta crónica del show de Coldplay en Argentina que hizo Franco Pedrazzi para Diario Popular. Es un relato completamente imparcial, contado por un tipo que tiene un tatuaje de la banda en un brazo. Y eso lo hace más genial todavía:

Crónica de Coldplay en Buenos Aires

Si tenés algún otro texto que hayas leído (¡o escrito vos!) esta semana y te gustaría recomendarlo, siempre están los comentarios para hacerlo con libertad. 🙂

Una clase de pasado para millennials

Hay, viviendo entre nosotros, acá en internet, gente que nunca tuvo que esperar para revelar una foto, o peor: que nunca sufrió por un rollo completamente velado. Gente que nunca escuchó el ruido desgarrador del módem dial-up para conectarse a internet. Gente que no sabe lo que es llamar a la casa de la chica que te gusta y que te atienda el padre, o estar hablando con ella y que la madre levante el tubo en otro lado de la casa, escuchando buena parte de la conversación.

Gente que jamás en su vida tuvo que esperar a ese tema que le gustaba, en aquella radio de hits, para poder grabarla en un cassette y, ahí sí, escucharla cuando quiera.

Gente que no sabe lo que es levantar sin “stalkear”, sin tener toda la información de la otra persona a disposición en Facebook, Instagram, Snapchat, Twitter, y demás.

Para ellos, los famosos “millennials”, es esta nueva publicidad de Schweppes que se llama “Algún día lo van a entender“, que “separa niños de hombres“, que me pareció simpática, y que fue creada por la agencia Del Campo Saatchi & Saatchi de Argentina.

Me quedaron los libros, las risas y el mate

Empiezo a escribir esto sentado sobre una montaña de cajones, ropa, recuerdos, papeles, facturas y zapatillas, en mi habitación. Una noche de Viernes cualquiera entraron a robar a casa (por suerte mientras no había nadie adentro) y se llevaron un montón de cosas de un valor económico y sentimental gigantes. Mis herramientas de trabajo (para las que ahorré por años), mis cosas, tiempo invertido, recuerdos de toda la vida.

En el medio invadieron mi casa, se metieron entre mis cosas y me dejaron esa sensación de estar viviendo en un camping, a donde cualquiera entra y sale sin problemas, se lleva lo que quiere, todo es de todos, y no existe el espacio personal.

Es una sensación horrible llegar y encontrar la casa desvalijada, los cajones, sillones, muebles y armarios dados vuelta, todo completamente despelotado, y tener que entrar a tu propia casa (el “hogar dulce hogar”) con policías armados por miedo a que todavía haya alguien adentro. Es una sensación horrible de injusticia ver que en un segundo alguien se lleve cosas que uno construyó durante años de su vida. Por más que algunas sean sólo “cosas materiales”. Es injusto, doloroso, feo, y te deja sintiéndote horrible, desconfiado, inseguro, perseguido.

De madrugada, después de que cada uno haya hecho un “análisis de pérdidas” (“uy, el reloj que me había regalado el abuelo a mis 5 años”, “uy esa plata que cobré y que justo no llegué a depositar ayer a la tarde”, “uy cómo hago ahora para volver a laburar sin las computadoras”, etc…), hubo un tiempo de calmarse, de pensarlo en frío, y de entender que se puede volver a empezar. Que no nos mataron, ni mucho menos. Y que nos robaron cosas, pero no las cosas que en serio son fundamentales.

Duele retroceder 50 casilleros en ahorros para terminar de pagar el auto, las tarjetas, deudas, o lo que sea. Duele perder herramientas que venían generando esos ingresos también. Duele y te pega a un nivel desmoralizante.

Pero me resultó curioso que en ninguna habitación de la casa tocaron ni un libro. Ni siquiera para ver si, como en las películas, hay gente que guarda plata adentro o atrás suyo. Y es que claro, se llevaron lo que más “rendía”, pero nos dejaron las cosas simples, esas que no se revenden de a miles de pesos.

A la tarde avisé de la situación a unos pocos amigos y vinieron a casa a charlar un rato y tomar unos mates. Al principio fue con caras largas, con abrazos de “qué cagada, viejo, pero qué bueno que están todos bien”. Y al rato volvieron los chistes (“no encuentro la llave, pero de última pasá por la reja de la ventana que la dejaron abierta”), las anécdotas (“cuando robaron en lo de mi abuelo entré yo con un palo de hockey y mi primo con un matafuego”), volvieron las risas, y en medio del quilombo, del miedo, del desierto de esa sensación fea de sentirse violentado, volvió a brotar también la alegría.

Volvió saber que las cosas son cosas, y listo. Que la plata, aunque costó mucho ganarla (y va a costar de nuevo), aunque es necesaria para pagar alquileres, deudas, cuotas, comida, etc, y sobre todo aunque cuando falta es muy jodido verla así, es plata y listo. Que el plan a futuro tiene que ser desapegarse de las cosas, vivir lo más “livianos” posible, y que todo sea fácilmente reemplazable. No es un pedazo de tu vida, es un pedazo de plástico, de plata, de oro, de madera, de papel, de lo que sea, que usaste con un fin. Es una cosa.

No quedaron, después de esto, ni resentimiento ni pensamientos de que “hay que matarlos a todos”. No quedaron ideas Donaldtrumpistas. No quedó odio. Quedó algo de tristeza, sí, que de a poco habrá que tragar para seguir adelante. Pero quedaron también aprendizajes. Quedó saber quiénes están siempre al pie del cañón. Quedó saber quién es chusma y quiere saber “cómo fue” y quién se interesó por la familia, por cómo estamos, cómo la vivimos.

Volvimos a pensar que las cosas y la plata están para aprovecharlas y listo. Que lo de no vivir guardando ese vino para “una ocasión especial” es tal cual como lo dicen. Que es real que las experiencias valen más que las cosas materiales. Que, creeme, necesitás mucho menos de lo que pensás. Que (una vez satisfechas las necesidades básicas, claro) cuanto menos decidís tener y menos apegado a eso solés estar, menos tenés para perder y más libre terminás viviendo.

Y gracias (para nosotros) a Dios (o a la vida, la casualidad, el universo, o lo que sea para vos que estás leyendo), estamos todos bien, no nos tocaron un pelo, no tuvimos que vivir una experiencia más horrible todavía, y hoy podemos estar como más nos gusta, riéndonos de nuevo de las cagadas que hayan pasado en el camino.

En un mes perdí la pantalla del iPhone, el iPhone, la batería del auto, el tímpano izquierdo, la paz mental por un dolor de muela terrible, el nervio de la muela en cuestión, un pedazo de paragolpe de atrás del auto (que me chocaron para segundos después escapar sin dejarme los datos, la tarde misma del robo), toda mi tecnología (la de trabajo y la de hueveo), y algunas cosas de valor económico/sentimental que va a costar bastante no tener más.

Pero acá, sentado sobre el pilón de cosas “sin valor de reventa” que me dejaron tiradas en mi habitación, me quedé pensando que por suerte no se llevaron las cosas fundamentales. Las que se llevaron en algún momento se reemplazarán, pero las que quedaron al final son las cosas que, como decía cierta tarjeta, no tienen precio. Porque se llevaron las que cuestan pero me quedaron las que rinden. Los amigos, los libros, el mate, las anécdotas, la familia, la alegría y la esperanza de saber que, incluso en medio del quilombo, siempre se puede volver a empezar.

Una locura que me viene durando 10 años

10

Un 18 de Marzo de 2006, nacía este pequeño pedacito de internet con letras, videos, fotos y boludeces (más que nada boludeces). Este blog que, así como quien no quiere la cosa, hoy cumple 10 años.

En el medio nos conocimos con un montón de gente espectacular (trillado, sí, pero más de uno que vuelve cada tanto sabe que es verdad y que es de lo que más me gusta que haya salido de este experimento medio loco), algunos se conocieron entre sí (bastante intimamente, hay que decirlo), salí en los diarios, en la tele, trabajé como “persona normal”, renuncié y viajé por mi cuenta (mucho), garroneé viajes locos, mucho alcohol, entradas a shows, comí toneladas de sanguchitos en eventos de prensa, empecé a correr carreras de 10k, logramos ayudar a un montón de gente genial de Chaco, Formosa y Buenos Aires (con donaciones de gente del blog y con la plata que entra por publicidad en este espacio todos los meses), hicimos sorteos, me invitaron a hablar adelante de otra gente que aparentemente le interesaba lo que yo tenía para decir (¡afuera del país también! ¡hasta fui a conocer en persona a gente loca de Paraguay!), me di un abrazo fuerte y tomé una cerveza en medio de Europa con gente que nunca había visto antes pero que “nos conocíamos por el blog”, me crucé (de la nada y sin arreglarlo) en un estacionamiento del Universal de Orlando, con un tipazo que siempre comentaba en el blog y que nunca me había visto en vivo en toda mi vida pero me reconoció por mi camiseta de Racing, escribí (una de las cosas que más me gusta hacer en la vida) para marcas que admiro desde siempre (como 4 años con Red Bull, mil experiencias con Sony -incluída la presentación de la PS4-, ¡una Copa América y un Mundial con Coca-Cola!) y también en propuestas que eran nuevas y hoy son gigantes (que viva El Meme, por poner un ejemplo), conseguí trabajos inexplicables para mis padres o para los formularios de la AFIP, pero geniales para mi vida, aprendí muchísimo, quise matar a alguno que otro pero lo más copado es que quise abrazar a otros muchísimos más.

Y sí, que no se enoje nadie por todo lo que pasó y dejé afuera (sí, es mucho, pero tengo mala memoria -soy de esos que les preguntás su película favorita y te contesta la última que vio- y muchos problemas para hablar de mi). La idea no era ni siquiera hacer un resumen, pero tiré una cosa, me hizo acordar de otra, me embalé y acá estamos. Con ese proceso de embalarse con boludeces sin un rumbo fijo es que este blog sigue existiendo, así que respeto.

Pero ese párrafo inmenso es nomás una pequeña muestra de todas las cosas increíbles que surgieron por haber mezclado en estos 10 años un poco de curiosidad, un poco de constancia, un poco de motivación, un poco de sueños, y una familia de gente hermosa (y sobre todo loca de la cabeza) que de alguna manera el viento fue acumulando en los comentarios y alrededores de este blog.

A todos ellos (a todos los que por algún mínimo comentario alguna vez o a los que todavía hoy por miles de charlas hasta la madrugada se sientan de esa familia de alguna manera) y a todo el que descubra hoy este espacio también:

Muchas gracias. En serio.

Gracias por leer, por estar, por acompañar, por invitar, por soñar, por llorar, o hasta cagarse de risa un rato conmigo. Gracias porque si este Tango loco que es el blog se tiene (sí o sí) que bailar al menos de a dos, a mi me tocó bailar con la más linda, lejos. Así que gracias de corazón.

Para adelante voy a seguir con mis blogs, voy a seguir escribiendo como me gusta para gente con proyectos geniales (si es tu caso, me escribís, quiero saber de vos) y espero seguir viviendo aventuras y haciendo cosas locas (cuantas más, mejor).

Entre esas, por si a alguien le interesa, estoy con un equipo GENIAL de gente INCREÍBLE haciendo cosas muy divertidas en un proyecto nuevo que cariñosamente llamamos “Liebre” y que se puede seguir por Snapchat (si no me conocés la cara o no sabés todo lo nabo que puedo llegar a ser, esos videos son una excelente oportunidad). Y si decidiste que sos viejo y no te querés bajar Snapchat, podés seguir otros contenidos en Facebook, Twitter o Instagram. No es un “chivo”, es una recomendación de corazón, nomás que tengo la suerte de además ser parte del equipo.

Gracias por leer siempre y por seguir leyendo hoy. Gracias por mostrar cariño y sobre todo por apoyar esta locura/proyecto de blog (con comentarios, likes, recomendaciones a amigos, mensajes de buena onda, sugerencias, regalos, o de las miles de maneras que sean).

Y por último y como siempre, no se olviden de mandarle sus saludos de cumpleaños a la mamá de nuestra querida amiga Agos, que inauguró esto de cumplir años el 18 de Marzo y lo lleva mucho mejor que yo (por empezar, se acuerda de su cumple todos los años). 😛

¡ABRAZO GRANDE Y GRACIAS!

Qué lindas que son las buenas historias…

Qué lindas que son las buenas historias...

Terminé de ver la 4ta temporada de House of Cards. Hace media hora. Pasé esos últimos 30 minutos mirando la pantalla en negro. No tanto porque sea el mejor cierre de temporada de la historia (no lo es, aunque me pareció muy bueno), sino porque me dejó otra vez pensando lo mismo: Qué lindas que son las buenas historias

Qué lindo es que te cuenten una buena historia. De la manera que sea, en el formato que venga.

Un buen libro, una película, una serie, una anécdota, una canción, un chiste, una leyenda, un post en un blog, un video de YouTube, una seguidilla de snaps, un videojuego, lo que sea.

Qué lindo es que algo que alguien procesó en su cabeza (haya pasado o se lo haya inventado completamente, y si se lo inventó mejor todavía) traspase toda barrera, de formato, de género, de país, de cultura, de lo que sea, y me tenga a mi, a kilómetros de distancia del creador original (que en algunos casos ni siquiera vivió en la misma época que yo) sentado al borde del sillón, preocupado, tenso, cargado y hasta un poco cagado en las patas, si se me permite la expresión.

Qué lindo que exista en algún lugar del planeta una persona que crea algo, que cuenta algo, que me logra emocionar, me hace festejar, me hace llorar, me hace putear a un pedazo de vidrio que tira colores o a un pedazo de fibra que alguna vez fue un árbol y hoy está físicamente muerto en mis manos.

Qué linda esa capacidad del ser humano de crear, de la nada, algo que pueda hacerme pensar, armar teorías, inventar soluciones, tratar de adelantarme a los hechos, imaginar conspiraciones, hacerme fanático y defender apasionadamente a algún personaje.

Algo que nos logre juntar en Twitter, Facebook, en sobremesas o en charlas de amigos y preguntarnos cómo carajo va a seguir, cómo van a solucionar tal asunto, o hasta que nos salga putear al escritor por no poder creer lo que sacó de la galera en algún momento puntual.

Qué lindos los giros inesperados, las carcajadas sentidas, las lágrimas en silencio, las caras de asombro en la oscuridad del living solitario, los kilos de helado o los litros de mate que nos hemos bajado en momentos de suspenso, de tensión, de terror, o de sufrimiento.

Que alguien te pueda alegrar el día, llenar de nervios hasta el estrés o hasta romperte el corazón con algo que, en el fondo, es un invento. Con un cuento como los que te contaban de chiquito antes de irte a dormir.

Y qué invento más espectacular el ser humano, que (como una mamushka de creaciones) puede sacar de la nada historias que terminen reventándole las emociones y disparándole mil reacciones a otros como él (y a otros que son los más distinto que puede existir a ese que inventa en primer lugar).

Y sí, siempre hay alguno que se pone purista y viene a decir que un libro es mejor que una película, que una serie vista en TV no es lo mismo que un tremendo armatoste de papel de una edición clásica de algo, o que no hay manera de que un videojuego sea considerado arte.

A mi, por decirlo de una manera clásica para que se entienda, me chupa bastante un huevo el envase en el que vienen envueltas. Pero se presenten como se presenten: la puta madre, qué lindas que son las buenas historias

Si sabés que lo podés hacer mejor, hacelo mejor

Si sabés que lo podés hacer mejor, hacelo mejor

Hoy me encontré esta frase dando vueltas por Tumblr y me dejó pensando: “Si sabés que lo podés hacer mejor… entonces hacelo mejor“. Y listo. Simple.

Nadie dice que “seas el mejor”. Es otra cosa: si lo podés hacer mejor de lo que lo estás haciendo, hacelo mejor. No te quedes a la mitad. No te conformes con una parte del resultado. Hacelo mejor.

Sea cual sea el trabajo que hacés, en lo que sea a lo que te dediques todos los días (como hobbie, como trabajo, como lo que sea), si sabés que podrías hacerlo mejor, hacelo mejor. Si sabés que no usaste todo tu potencial, probá de nuevo y hacelo mejor.

Si sabés que en la chance que tuviste hoy no dejaste todo en la cancha, no te tires abajo con la presión, pero no te permitas volver a guardarte nada en la próxima oportunidad.

Salga como salga al final, que haya sido dejándolo todo, sin guardarte nada. Que no sea tu esfuerzo mediocre el que le dejaste al mundo. Que sea lo mejor que tengas. Jugá cada pelota como si fuera la última. Cumplí cada día con la chance de poner en serio lo mejor que tenés. Y andá a dormir con el orgullo de haber puesto todo sobre la mesa.

Después vemos si ganaste, perdiste, si te fue bien o mal, o si fuiste el mejor de todos los demás. Pero que nadie te pueda reprochar (ni siquiera vos) que no fuiste la mejor versión de vos mismo que podías ser hoy.

Que no sea cuestión de compararse con el resto y sumarte presión sin necesidad. Que seas vos, frente a lo que tenés adelante para hacer (tu trabajo, tu hobbie, tu rol en la familia, tu rol en alguna relación), buscando ser la mejor versión de vos mismo. No conformarte, no quedarte en la mitad del camino. Vos explotando todo tu potencial y sorprendiéndote de las cosas que terminás logrando con el tiempo.

Porque sí, ya vas a tener chances de ir mejorando con los días. Nadie espera que seas lo mejor que podés llegar a ser en el día uno, porque hace falta ir aprendiendo, mejorando, equivocándose si es necesario, dudando, tomando riesgos, y probando. Pero en lo que tenes a mano, encargate de ser la mejor versión de vos mismo que podrías ser HOY.

Y haciendo eso todos los días, la de mañana a va terminar siendo un poco mejor, y la de pasado mejor, y en un mes o un año te va a costar creer lo lejos que llegaste. Pero eso se empieza dejando todo en cada pelota. HOY.