Prison Break 2016: Quinta Temporada

Finalmente, después de varios rumores, es verdad: Se viene la quinta temporada de Prison Break en 2016. Con Michael Scofield, Sara Tancredi, T-Bag, Lincoln, con Sucre y compañía.

A 7 años de que termine su cuarta temporada, ya está el trailer de lo que va a ser la quinta. Por el momento tiene 10 capítulos confirmados y se sabe que arrancaría en el primer trimestre de 2017.

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker

La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joel Dicker

No me gusta mucho encerrar libros en géneros. Más que nada porque después uno termina asociando UN libro a tooodo el género en sí, y con eso a cada uno de los demás libros individuales. Pero sí, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” (del suizo Joël Dicker) es algo así como un policial, o un thriller (un género que no suelo leer). Y, por lo menos hasta ahora, es el mejor libro que leí en 2016.

A mi me gustan las historias que tienen como protagonistas a escritores. Me gusta el trabajo del escritor y me gusta cómo lo enfocan en los libros y películas (casi siempre mal, pero mal de una manera que me gusta).

Me gustaba verlo a Johnny Deep en “La ventana secreta”, por ejemplo, con una tremenda casa frente al lago sentándose a escribir con un paisaje increíble como wallpaper. Me gustó “Stranger than fiction” con Will Ferrell por el mismo motivo. Me gusta verlos, me caen bien los escritores.

Y este libro, “La verdad sobre el caso Harry Quebert“, es como un Inception de escritores: el escritor real del libro (el de carne y hueso, Joël Dicker) escribe sobre un escritor que es una nueva promesa (“Marcus Goldman”) que escribe un libro sobre otro escritor ya consagrado (“Harry Quebert”). Y en el medio deja algunos consejos de vida (y escritura) que le daba su mentor.

El libro tiene MUCHÍSIMO suspenso y muy bien manejado, mucha intriga. Es una novela policial narrada en tres épocas diferentes que se conectan (1975, 1998 y 2008), con una cuota de romance, con varios giros inesperados, pistas que no sabemos si son reales o falsas, y personajes apasionantes.

Es uno de esos libros que podés sentarte a leer por horas sin parar. De esos que, si te prometiste leer sólo un capítulo porque tenés que dormir temprano, casi que estás jodido. Un capítulo te engancha al siguiente, un remate te deja picando a lo que viene, una frase cambia todo lo que venías pensando hasta el momento. Y de a ratos te pone tenso.

En Argentina lo tiene Alfaguara (si comprás el ebook en Amazon a través de este link contribuís a que yo me compre una mansión frente a la playa: La verdad sobre el caso Harry Quebert). Es un libro de 660 páginas, escrito por un tipo que tiene sólo un año y medio más que yo (30 y algunos meses), bastante más facha, y ya 7 novelas en su haber. El original se publicó en francés en el 2012 y hoy ya está traducido a 33 idiomas.

Ganó varios premios (aunque ya sabemos que los premios solo le importan a la gilada), y en todo el mundo vendió más de 2 millones de copias (no es que eso quiera decir algo tampoco, pero ahí el dato).

Del mismo autor están “Los últimos días de nuestros padres” (que ya lo tengo comprado para leer) y “El Libro de los Baltimore“, que se publica al mundo este 24 de Mayo de 2016 y sigue la vida de Marcus Goldman (el protagonista de “La verdad sobre el caso Harry Quebert”, por si no me estás prestando mucha atención). Todos parecen tener una onda diferente, y eso es algo que me gusta. No repite una “fórmula ganadora”. Prueba diferentes cosas.

El tipo además es el extraño caso del escritor lindo, jóven, bestseller, glamoroso y cool: fue la imagen de Swiss Airlines y embajador del Citröen DS4 con una campaña genial.

Joel Dicker y La verdad sobre el caso Harry Quebert

De hecho, para el nuevo DS4 escribió una mini-serie web de 5 capítulos que también protagonizó, en la web de “The DS Writer” (¡está en español!). Y con eso escribió también una novela corta (“Solo para iniciados”) que va de regalo para quienes prueban el auto. El trailer de la serie es este:

Volviendo a “La verdad…”, cada capítulo arranca con una frase, una de esas reflexiones o consejos que el daba su escritor mentor (“Harry Quebert”). Y algunas son grandes máximas de la vida. A mi me gustó mucho esta:

El amor después del amor

A photo posted by Milton Vieyra (@emevieyra) on

Dicho todo esto, y por si no quedo claro, “La verdad sobre el caso Harry Quebert” es MI LIBRO RECOMENDADO DEL AÑO, directamente. Me gustó mucho, lo recomiendo mucho, todo mucho, y espero que si alguno lo lee (o leyó) me cuente qué le pareció también.

Ya me leeré “El libro de los Baltimore” cuando salga y lo comentaré acá mismo, por si llega a pasar esa casualidad de que a alguien le interese lo que estoy diciendo. 🙂

La pieza que ponés vos

La pieza que ponés vos

No tengo ningún recuerdo de la última vez que armé un rompecabezas. Calculo que habrá sido hace mínimo 10 años. Pero me acuerdo que cada vez que armaba alguno, de chico, me sentía un estratega, un arquitecto de nivel internacional.

Un rompecabezas que puede resultar un real desafío para un adulto promedio (quiero decir: ni un coleccionista ni un fan de los rompecabezas) puede tener entre 3000 y 6000 piezas. Y como resultado se logra un gran póster de piezas que puede tener (me estoy basando en un caso real) hasta unos 2.5 metros de ancho por 1 metro de alto. Son pequeños monstruos que, en pesos argentinos, pueden costar unos $4000.

Pero el hecho de armar un rompecabezas es todo un arte en sí. Para algunos es como hacer un asado: lo hago yo, solo, y no me interesan recibir ni recomendaciones previas (si juntás el fuego acá/si separás primero los bordes y las piezas de colores), ni comentarios sobre la marcha (me parece que hay poco fuego en esta parte/me parece que esa pieza no va ahí, ¿eh?). Cuanto más opiniones, más complicaciones. Para otros, por el contrario, es un trabajo en equipo y muchas cabezas piensan mejor que una.

Arranqué con esto porque hoy me puse a pensar en el impacto que tienen algunas cosas en la vida, sibre todo esas cosas de las que no esperamos mucho ni confiamos en que vayan a tener algún resultado.

A veces te callás eso que podés decir en una conversación porque no creés que aporte mucho. O no componés esa canción, o no escribís ese libro (o ese post o ese tweet), porque no te imaginás que a nadie le cambie nada. Muchas veces te guardás lo que tenés para dar porque no pareciera, a simple vista, que pueda servir de mucho.

Y un montón de veces (muchísimas más de los que imaginamos) eso que tenés para compartir es justo lo que otra persona está necesitando. Compartir de la manera que sea: un mensaje directo a alguien, una canción, un snap, un video, una foto en instagram, una reflexión, un libro, consejo, lo que sea.

Por ahí a la hora de compartirlo sentís que agregás una gota a un mar gigante. Por ahí conocés a varios que hacen eso mismo que te gustaría hacer y te parece que agregar tu punto de vista es redundar. Pero por ahí no es tan así.

Por ahí para 99 de cada 100 lo que vos tenés para aportar no cambie mucho, pero para ese 1 restante es el puntapié ideal para mejorar algo, para empezar o terminar con algo, para cambiar, para avanzar, para cerrar, para soltar, para lo que sea.

Por ahí, vista a 10 metros de distancia y entre las otras 6000 del rompecabezas, tu pieza sea una más y no se note mucho si no está. Pero toda pieza tiene un impacto. No solo en el resultado final, sino principalmente en las piezas de su alrededor.

Porque todas las piezas limitan y conectan al menos con otras dos (las de las esquinas), tres (las de los bordes) y hasta cuatros piezas más. Y esas sí que sentirían su ausencia en caso de faltar. Para ellas no son solo necesarias, son indispensables.

Entonces: cuando sentís que lo que tenés para darle al mundo (tu valor agregado) no vale la pena o no marca la diferencia en el cuadro general, acordate no sólo de que algún que otro observador va a notar su falta mirando de lejos, sino sobre todo de que puede haber al menos uno, dos, quince, cien, o más que necesitan justo eso que los ayude a conectar y a completar el rompecabezas. Justo esa pieza que sólo podés poner vos. Por ellos vale la pena correr el riesgo de que todos los demás no lo vean o lo entiendan como redundante.

Para leer un Domingo: Historias de amor, vida y música

Para mi los Domingos nublados (como el que me está tocando hoy en Buenos Aires) fueron hechos especialmente por Dios para leer, escribir, dormir, mirar series o películas. Después el hombre metió la pata, se puso violento con el fútbol, se prohibieron los hinchas visitantes, y también sirven para ver por TV, con unos buenos mates y unas facturas, los partidos en los que no podés ir a la cancha.

Mientras yo espero que llegue el partido de mi Racing querido del día de hoy (actividad 1 para días de lluvia), hago la parte de escribir (2) porque ya hice la parte de leer (3), ya dormí lo suficiente (4), y quiero recomendar algunas de esas notas que leí hoy para que ustedes hagan lo propio en donde sea que estén leyendo esto.

Va un pedacito de texto de cada una, y el resto en el link (el texto que agarro es muy arbitrario, es algo que me gustó a mi nomás, recomiendo leer la nota completa, siempre):

Rocky, el amor, y las verdaderas historias

Por un lado, están los siempre geniales textos de Caro Aguirre en La Nación Revista. Hoy dice que “Las mejores historias son siempre de amor“. Si te gustan las historias, te va a gustar. Y si viste Rocky, más todavía:

Caro Aguirre y las historias de amor

Vivir más tiene sus secretos

Por otro lado, Maria Talavera (que no tengo el gusto de conocerla) cuenta en El País “Por qué los sabios viven más“. Hay ejemplos puntuales, consejos y algunas buenas ideas:

Cómo vivir más

La clave no es sólo vivir más, sino más feliz

Además, una nota que leí en la semana: Anahad O’Connor cuenta en el New York Times (en español) “Los secretos para una vida feliz, según un estudio de Harvard“:

Como vivir más feliz

Cómo nos afecta (positivamente) rodearnos de naturaleza

Otra nota de La Nación Revista, ahora de (la también genial) Martina Rua cuenta cómo nos influye positivamente pasear aunque sea un ratito por alguna plaza o parque cercano, aunque sea de camino al trabajo/universidad/escuela. Se llama “Cerca de la naturaleza“:

Vivir rodeados de naturaleza

Por qué te deberías querer morir por perderte a Coldplay en Buenos Aires

Y por último me gustó mucho también esta crónica del show de Coldplay en Argentina que hizo Franco Pedrazzi para Diario Popular. Es un relato completamente imparcial, contado por un tipo que tiene un tatuaje de la banda en un brazo. Y eso lo hace más genial todavía:

Crónica de Coldplay en Buenos Aires

Si tenés algún otro texto que hayas leído (¡o escrito vos!) esta semana y te gustaría recomendarlo, siempre están los comentarios para hacerlo con libertad. 🙂

Una clase de pasado para millennials

Hay, viviendo entre nosotros, acá en internet, gente que nunca tuvo que esperar para revelar una foto, o peor: que nunca sufrió por un rollo completamente velado. Gente que nunca escuchó el ruido desgarrador del módem dial-up para conectarse a internet. Gente que no sabe lo que es llamar a la casa de la chica que te gusta y que te atienda el padre, o estar hablando con ella y que la madre levante el tubo en otro lado de la casa, escuchando buena parte de la conversación.

Gente que jamás en su vida tuvo que esperar a ese tema que le gustaba, en aquella radio de hits, para poder grabarla en un cassette y, ahí sí, escucharla cuando quiera.

Gente que no sabe lo que es levantar sin “stalkear”, sin tener toda la información de la otra persona a disposición en Facebook, Instagram, Snapchat, Twitter, y demás.

Para ellos, los famosos “millennials”, es esta nueva publicidad de Schweppes que se llama “Algún día lo van a entender“, que “separa niños de hombres“, que me pareció simpática, y que fue creada por la agencia Del Campo Saatchi & Saatchi de Argentina.

Me quedaron los libros, las risas y el mate

Empiezo a escribir esto sentado sobre una montaña de cajones, ropa, recuerdos, papeles, facturas y zapatillas, en mi habitación. Una noche de Viernes cualquiera entraron a robar a casa (por suerte mientras no había nadie adentro) y se llevaron un montón de cosas de un valor económico y sentimental gigantes. Mis herramientas de trabajo (para las que ahorré por años), mis cosas, tiempo invertido, recuerdos de toda la vida.

En el medio invadieron mi casa, se metieron entre mis cosas y me dejaron esa sensación de estar viviendo en un camping, a donde cualquiera entra y sale sin problemas, se lleva lo que quiere, todo es de todos, y no existe el espacio personal.

Es una sensación horrible llegar y encontrar la casa desvalijada, los cajones, sillones, muebles y armarios dados vuelta, todo completamente despelotado, y tener que entrar a tu propia casa (el “hogar dulce hogar”) con policías armados por miedo a que todavía haya alguien adentro. Es una sensación horrible de injusticia ver que en un segundo alguien se lleve cosas que uno construyó durante años de su vida. Por más que algunas sean sólo “cosas materiales”. Es injusto, doloroso, feo, y te deja sintiéndote horrible, desconfiado, inseguro, perseguido.

De madrugada, después de que cada uno haya hecho un “análisis de pérdidas” (“uy, el reloj que me había regalado el abuelo a mis 5 años”, “uy esa plata que cobré y que justo no llegué a depositar ayer a la tarde”, “uy cómo hago ahora para volver a laburar sin las computadoras”, etc…), hubo un tiempo de calmarse, de pensarlo en frío, y de entender que se puede volver a empezar. Que no nos mataron, ni mucho menos. Y que nos robaron cosas, pero no las cosas que en serio son fundamentales.

Duele retroceder 50 casilleros en ahorros para terminar de pagar el auto, las tarjetas, deudas, o lo que sea. Duele perder herramientas que venían generando esos ingresos también. Duele y te pega a un nivel desmoralizante.

Pero me resultó curioso que en ninguna habitación de la casa tocaron ni un libro. Ni siquiera para ver si, como en las películas, hay gente que guarda plata adentro o atrás suyo. Y es que claro, se llevaron lo que más “rendía”, pero nos dejaron las cosas simples, esas que no se revenden de a miles de pesos.

A la tarde avisé de la situación a unos pocos amigos y vinieron a casa a charlar un rato y tomar unos mates. Al principio fue con caras largas, con abrazos de “qué cagada, viejo, pero qué bueno que están todos bien”. Y al rato volvieron los chistes (“no encuentro la llave, pero de última pasá por la reja de la ventana que la dejaron abierta”), las anécdotas (“cuando robaron en lo de mi abuelo entré yo con un palo de hockey y mi primo con un matafuego”), volvieron las risas, y en medio del quilombo, del miedo, del desierto de esa sensación fea de sentirse violentado, volvió a brotar también la alegría.

Volvió saber que las cosas son cosas, y listo. Que la plata, aunque costó mucho ganarla (y va a costar de nuevo), aunque es necesaria para pagar alquileres, deudas, cuotas, comida, etc, y sobre todo aunque cuando falta es muy jodido verla así, es plata y listo. Que el plan a futuro tiene que ser desapegarse de las cosas, vivir lo más “livianos” posible, y que todo sea fácilmente reemplazable. No es un pedazo de tu vida, es un pedazo de plástico, de plata, de oro, de madera, de papel, de lo que sea, que usaste con un fin. Es una cosa.

No quedaron, después de esto, ni resentimiento ni pensamientos de que “hay que matarlos a todos”. No quedaron ideas Donaldtrumpistas. No quedó odio. Quedó algo de tristeza, sí, que de a poco habrá que tragar para seguir adelante. Pero quedaron también aprendizajes. Quedó saber quiénes están siempre al pie del cañón. Quedó saber quién es chusma y quiere saber “cómo fue” y quién se interesó por la familia, por cómo estamos, cómo la vivimos.

Volvimos a pensar que las cosas y la plata están para aprovecharlas y listo. Que lo de no vivir guardando ese vino para “una ocasión especial” es tal cual como lo dicen. Que es real que las experiencias valen más que las cosas materiales. Que, creeme, necesitás mucho menos de lo que pensás. Que (una vez satisfechas las necesidades básicas, claro) cuanto menos decidís tener y menos apegado a eso solés estar, menos tenés para perder y más libre terminás viviendo.

Y gracias (para nosotros) a Dios (o a la vida, la casualidad, el universo, o lo que sea para vos que estás leyendo), estamos todos bien, no nos tocaron un pelo, no tuvimos que vivir una experiencia más horrible todavía, y hoy podemos estar como más nos gusta, riéndonos de nuevo de las cagadas que hayan pasado en el camino.

En un mes perdí la pantalla del iPhone, el iPhone, la batería del auto, el tímpano izquierdo, la paz mental por un dolor de muela terrible, el nervio de la muela en cuestión, un pedazo de paragolpe de atrás del auto (que me chocaron para segundos después escapar sin dejarme los datos, la tarde misma del robo), toda mi tecnología (la de trabajo y la de hueveo), y algunas cosas de valor económico/sentimental que va a costar bastante no tener más.

Pero acá, sentado sobre el pilón de cosas “sin valor de reventa” que me dejaron tiradas en mi habitación, me quedé pensando que por suerte no se llevaron las cosas fundamentales. Las que se llevaron en algún momento se reemplazarán, pero las que quedaron al final son las cosas que, como decía cierta tarjeta, no tienen precio. Porque se llevaron las que cuestan pero me quedaron las que rinden. Los amigos, los libros, el mate, las anécdotas, la familia, la alegría y la esperanza de saber que, incluso en medio del quilombo, siempre se puede volver a empezar.